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María Luisa Velasco Wigthman: La historia de la mujer que abrió el debate de la marihuana terapéutica en Chile

El verano del 2005, la prensa nacional la bautizó como “la abuelita cogollo”, luego de que su caso llegara a los principales medios de comunicación del mundo. Pero, antes de convertirse en un emblema de la marihuana terapéutica, su nombre ya era un mito urbano.

“Eran cascadas de pelo rubio y un charme único. Su belleza era tan impactante como sentido del humor”. Así definía la socialité Mary Rose Mac Gill a María Luisa Velasco, en un reportaje que perfilaba a la mujer que por primera vez en la historia de Chile, consiguió que la justicia le autorizara el uso de la cannabis con fines terapeúticos. Todo comenzó semanas antes, cuando efectivos de Carabineros llegaron a su hogar, con la excusa de que extraños merodeaban el lugar. La verdad es que uno de los vecinos que por décadas había tratado de comprarle su propiedad, de una hectárea, ubicada al final del pasaje Las Mercedes, en el barrio San Damián; denunció la existencia de unas misteriosas plantas que crecían en un rincón de la propiedad.

A mitad de la noche, el oscuro callejón que antecede a la propiedad, comenzó a llenarse de carros policiales, en un operativo que se extendió hasta la madrugada. María Luisa Velasco y su ama de llaves Tegualda Vargas resultaron detenidas, luego de que se encontrara un kilo y 44 plantas de cannabis. Desde el primer minuto, su explicación fue siempre la misma: tras el empeoramiento de una agresiva artrosis reumatoide, diariamente usaba compresas de cannabis para paliar los dolores y ocasionalmente fumaba en pequeñas dosis.

Tras siete días de detención, en los que compartió con Anita Alvarado, más conocida como la geisha; la Tercera Sala de Verano de la Corte de Apelaciones de Santiago de manera unánime, le concedió la libertad con una fianza de 100.000 pesos. Los titulares de la época hablaron de un lobby, en el que participaron varios dirigentes políticos que la conocían, como Gabriel Valdés y Máximo Pacheco, entre otros. Sin embargo, lo cierto es que la defensa presentada por su hijo Tomás Hamilton y Claudio Llantén sacó aplausos entre los juristas de la época que incluso llegaron a definirla como “brillante”.

“Nunca voy a salir haciendo apología de nada. Soy consciente de que la transparencia con que respondí sobre el tema descolocó a la policía. Algo similar ocurrió cuando fui entrevistada por el doctor del Servicio Médico Legal. Nadie lograba entender que yo no supiera cuánto sale un gramo, cómo voy a s aberlo, si nunca compré ni vendí”, les dijo a susamigos, meses después de su liberación, cuando aún seguían llegando peticiones de entrevista e invitaciones a programas de televisión en Chile y el extranjero.

Nacida en 1934, en el barrio inglés de Viña del Mar, María Luisa creció en el seno de una familia que integraba esa reducida fronda aristocrática de la que hablaba el historiador Alberto Edwards. Sus abuelos vivían en el barrio Brasil en el Palacio Wightman, donde solía alojarse la curia romana cuando visitaba el país. Fue una niña extrovertida y alegre que a los cinco años debutó como bailarina en el Teatro Municipal. A los 16 años, tras recorrer Europa junto a su familia, el joven dirigente falangista Juan Hamilton comenzó a cortejarla. Al tiempo, el enlace se tomó las páginas sociales de la época, donde ambos eran asiduos protagonistas.

Para Luchita, como le decían sus amigos, fue una época feliz donde nacieron sus 5 hijos y recorrió Chile acompañando a su marido. “¡Una vez que estábamos en campaña en Chiloé y nos encontramos con Salvador Allende, quien al verla le gritó ‘cámbiate de bando que juntos podríamos ser presidentes del mundo!’ Todos nos reímos. María Luisa era una mujer de avanzada para la época y cualquiera hubiera querido tenerla en sus filas”, contó, hace años, el periodista Alberto “Gato” Gamboa, jefe de prensa de Hamilton, en ese entonces. Para el mundo eran una pareja, pero puertas adentro el nivel intelectual de ella generaba más molestia que orgullo en su marido.

Cercana a la Primera Dama María Ruiz Tagle de Frei, María Luisa se movía entre los pasillos de la Moneda como pez en el agua. Cuando se confirmó la visita de la Reina Isabel II, colaboró hasta en los más mínimos detalles y el día de la recepción de los reyes de Windsor en el palacio presidencial fue protagonista de unas de las mejores anécdotas de la velada. A la hora de los saludos, su química con el Príncipe Felipe de Edimburgo rompió todos los protocolos. Cuando se la presentaron, el monarca le dijo: “Nunca imaginé encontrar a Lady Hamilton en este lugar”. Ella sonrío y en el inglés perfecto que aprendió en su paso por el colegio Universitario Inglés, le respondió “if you accept to be Nelson, could be” (si acepta ser Nelson, podría ser), siguiéndole el juego que aludía a los protagonistas de la exitosa cinta Lady Hamilton, protagonizada por Vivien Leigh y Sir Laurence Oliver.

Tras la muerte de su hijo John y el fin de su matrimonio, se instaló en el terreno donde 30 años después sería detenida. Entre medio, vivió en el Valle del Elqui para esperar la llegada del cometa Halley, organizó las danzas sufi para la paz universal y participó del grupo espiritual Arica, donde coincidió con su primo, el célebre fotógrafo Sergio Larraín, el psiquiatra Claudio Naranjo y Alejandro Jodorowsky. “Ella era una auténtica intelectual del espíritu, leía mucho y era generosa para compartir su conocimiento”, asegura, una amiga que prefiere el anonimato y que recorrió junto a ella el país entregando cajas con juegos de la cultura maya, una de sus grandes obsesiones.

Al final de sus días, se enorgullecía de haber permanecido en la propiedad que tantas inmobiliarias codiciaron. “Don dinero no pudo conmigo y eso no tiene precio”, decía, cuando le preguntaban cómo había logrado sobrevivir a la presión de vender.

ESPÍRITU LIBRE

Su madre había sido una de las fundadoras de la Cruz Roja de Viña del Mar y desde pequeña su formación pastoral la mantuvo cercana a distintas parroquias, donde se caracterizó por apadrinar las causas de la mujer, como talleres de anticoncepción que generaron revuelo en la época. “No diría que fui rupturista pero sí justiciera. La justicia social siempre fue mi norte. Cuando me separé, no lo hice de un hombre, yo me divorcié de un sistema y de un estilo de vida, de un status que no me interesaba en lo más mínimo. Aprendí a nunca mirar hacia atrás y cuando pude me fui a vivir a la punta de un cerro sólo con las obras completas de Platón. No necesité más que eso para ser inmensamente feliz…puede ser que viví demasiadas vidas dentro de una”, reflexionaba a fines de febrero del 2018, días antes de su muerte.

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