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Peggy Guggenheim, un siglo de extravagancia

Cuando se cumplen cien años desde que la mecenas aterrizó en París para iniciar su gran pasión coleccionista, dejando atrás penas y tragedias familiares en Estados Unidos, aparecen algunas claves de la mujer más determinante en el arte contemporáneo.

Desde un principio no fue fácil. Criada entre estrictas institutrices alemanas y una familia bastante anormal según sus propias palabras, “donde tenía un tío que tenía la afición de morder carbón y cubos de hielo”, mientras su abuela siempre repetía tres veces cada cosa, Peggy Guggenheim supo desde un principio que lo suyo estaba determinado por la extravagancia de sus ancestros.

Su padre murió en el hundimiento del Titanic, cuando ella recién había cumplido los 14 años, dejándole una enorme sensación de abandono y también una fortuna que con los años aumentó considerablemente tras el fallecimiento de su madre.

Comenzó a trabajar en una librería de ensayos filosóficos y temas de vanguardia en Nueva York, un momento que fue una puerta de entrada a un profundo conocimiento del arte contemporáneo que después marcaría su vida. Gracias al consejo de sus amigas intelectuales y con 21 años, tomó la gran decisión de partir a París para conocer las bases culturales que ella admiraba de la vieja Europa, recorrer sus museos y, sobre todo, visitar los talleres de los pintores y escultores que comandaban el mundo creativo en barrios como Le Montparnasse y Le Marais.

Gracias a figuras como Marcel Duchamp, Tristán Tzara, Roberto Matta y el propio Man Ray no sólo se convirtió en una musa de los más selectos grupos de artistas y pensadores, sino también en una mujer que comenzó a descubrir nuevos talentos, como el mismísimo Jackson Pollock

Durante gran parte del siglo fue la mujer más influyente del mundo del arte y una mecenas como no ha habido ninguna otra. En 1949, compró el gran palazzo del Canal de Venecia y lo convirtió en un centro artístico donde ella quería imprimir una magnificencia casi renacentista, “casi de otra época”, decían sus detractores, quienes insistían en encontrar elementos negativos de su personalidad de “pobre niña rica”. Se mofaban de sus excesos y, sobre todo, de sus malas elecciones en el amor. Su primer marido, Laurence Vail, la humilló hasta el cansancio. Todo el mundo se daba cuenta cómo la obligaba a ir al cine con la ropa mojada después de ir a la playa o le hacía feroces escándalos en público.

La afición por el alcohol de la pareja era un comidillo entre sus propios invitados, con nombres como Tennessee Williams, Somerset Maugham, Ígor Stravinski, Jean Cocteau y Marlon Brando. Más suerte tuvo con su segundo marido, Max Ernst, un pintor judío que le ayudó a conservar su colección luego de la ocupación nazi en París.

En su vida reunió más de 326 cuadros y esculturas que acabarían recibiendo el nombre de Colección Peggy Guggenheim, con obras de Pablo Picasso, Jackson Pollock, Joan Miró, Salvador Dalí, Willem de Kooning, Mark Rothko, Alberto Giacometti, Vasili Kandinski y Marcel Duchamp. Luego de su muerte, la mecenas donó el palazzo, junto con su colección, a la Fundación Solomon R. Guggenheim, creada en 1937 por su tío, que había fundado el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York en 1959.

En un plano íntimo, el suicidio de su hija Pegeen, que sufría de alcoholismo y depresión, la devastó profundamente. Sólo el arte logró sacarla adelante y ella misma empezó a sentirse como un museo viviente. En sus últimos años, siempre acompañada de sus catorce perros de la raza Lhasa Apso, se le podía ver en su góndola privada por los canales de Venecia. Bajo sus anteojos, siempre vibrantes y estrafalarios, decía: “flotar en esta embarcación en lo más similar al sexo… Claro, el sexo, ese don que me abandonó con el tiempo”.

Alfredo López J.

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